Favola in Musica
En los albores del siglo XVII, cuando la música comenzaba a descubrir su poder teatral y expresivo, Claudio Monteverdi dio vida a una de las obras fundacionales del género operístico: L’Orfeo. Inspirada en el mito griego del poeta y músico que desciende al inframundo para rescatar a su amada Eurídice, la obra celebra el nacimiento de una nueva forma de arte capaz de unir palabra, música y emoción en un solo gesto.
En esta ópera, el canto se eleva como fuerza creadora. Orfeo, semidiós y artista, conmueve a los dioses y a las sombras del Hades con el poder de su voz. Su historia —antigua y siempre presente— encarna la esperanza de que la música pueda transformar el dolor en belleza, el silencio en consuelo, la pérdida en memoria.
La producción de la Academia de Música Antigua en colaboración con el Camila Toro Estudio Vocal —presentada en el Teatro Fundadores de la Universidad Eafit, el Claustro Comfama, y el Teatro Julio Mario Santo Domingo— recupera el espíritu renacentista que vio nacer esta obra: un teatro de pasiones humanas, de gestos sinceros y sonoridades que aún hoy conmueven. En un diálogo entre el mito y la sensibilidad contemporánea, este L’Orfeo ofrece una experiencia ritual en la que intérpretes y público participan de un mismo acto de fe en la música.
Sinopsis
Prólogo
¡Soy yo, La Música!
Tras la toccata inicial que anuncia solemnemente la apertura del espectáculo, se alza el telón. La primera figura en aparecer no es Orfeo, ni un dios, ni un narrador épico: es la música personificada. Su presencia no solo introduce la acción, sino que incluso la justifica. Declara con majestuosidad: Soy yo, La Música, que con dulces acentos sé aplacar los corazones turbados y encender los más fríos de amor o noble ira.
La Música es la verdadera protagonista de esta historia, y en este prólogo se condensa la poética de toda la obra: consciente de su poder ético y cósmico, La Música se presenta para anunciar el relato de Orfeo, símbolo del arte que vence el caos. En la última estrofa ordena silencio a la naturaleza: No se muevan, ni los parajillos en las ramas. Ni se oigan los murmullos del río sobre las orillas. La Música también es silencio, y a través de un instante de suspenso teatral, el público se entrega a su poder. Es un momento de sabiduría teatral, un guiño al público y una afirmación del poder performativo del sonido. Solo después de ese silencio absoluto comienza el drama.
Acto I
¡Cantemos, pastores, con dulces acentos!
En los campos de Tracia - Pastores y Ninfas planean la boda: Abre un paisaje bucólico en celebración de la inminente unión de Orfeo y Eurídice. Símbolo del amor puro, los pastores invocan a Himeneo —divinidad encargada de oficiar las bodas— para bendecir la unión. Entre cantos, danzas y aires pastoriles, los amantes se prometen en un clima de júbilo colectivo. El campo resuena con música festiva, como deseo de una felicidad eterna.
Aparece por primera vez nuestro heroe cantando un himno de amor luminoso en el que invoca al Sol —símbolo de Apolo, su padre— y bendice la felicidad presente. El modo en que está escrito su canto confiere a la melodía una noble ambigüedad entre alegría y melancolía. Desde el comienzo, Monteverdi nos sugiere que la felicidad de Orfeo contiene la misma semilla de su pérdida.
Acto II
¿Acaso han visto a un enamorado más feliz que yo?
En los prados - la boda: Orfeo, otrora melancólico y errante, se convierte en amante dichoso. Transfigurado por el amor, anima él mismo la celebración con su canto y su danza. Rodeado de ninfas y pastores, interroga a los bosques —testigos de su antigua tristeza— si recuerdan al hombre que vagaba entre sus sombras como el más desdichado de los mortales; son esos mismos árboles los que ahora contemplan, asombrados, a un Orfeo transformado por la mirada de una Eurídice enamorada.
Pero el destino, siempre envidioso de los corazones demasiado felices, irrumpe en medio del júbilo: Silvia, la mensajera y compañera de Eurídice, atraviesa la escena como un presagio. Su relato, desnudo y cortante, atraviesa el aire como una herida. El gozo pastoral se desvanece tras el desconcierto. Orfeo queda solo; su voz, antes luminosa, se quiebra en lamento, y el canto, que antes celebraba la vida, se hunde ahora en un dolor insondable.
Acto III
“El que entre a la ciudad de la aflicción debe abandonar toda esperanza”
En la Laguna Estigia - Orfeo desciende al Averno: Decidido a desafiar los límites de la existencia, Orfeo desciende al Averno guiado por la Esperanza. En la Laguna Estigia lo detiene Caronte, barquero del Hades y guardián implacable que controla el tránsito del mundo de los vivos al mundo de las sombras.
Orfeo no empuña armas ni invoca conjuros; solo tiene su voz y su lira. Entonces entona uno de los momentos más célebres de toda la historia de la ópera, Possente spirto, en el que cada palabra es un ruego, cada nota una súplica de amor. En su canto, Orfeo despliega un virtuosismo que va más allá de la técnica, los adornos vocales que parecen nacer del temblor del alma como una traducción sonora de la emoción misma.
El barquero, sin embargo, permanece impasible. Las leyes del inframundo son inquebrantables. Orfeo, exhausto, continúa cantando hasta que la fatiga adormece a Caronte. Entonces, en silencio, toma la barca y cruza las aguas negras. No ha convencido al guardián, pero ha conmovido al universo entero: su música no conquista a los dioses, pero abre grietas en el orden del cosmos.
Acto IV
¡Ay! ¡Qué visión tan dulce y tan amarga!
En el Averno - Proserpina intercede ante Plutón: Ya en el corazón del Averno en medio de almas errantes, el lamento de Orfeo resuena como una plegaria que nunca antes se había escuchado allí. Proserpina, conmovida por tanta fidelidad, intercede ante su esposo. Plutón, severo, accede a conceder lo imposible: Eurídice podrá regresar al mundo de los vivos, pero Orfeo no deberá mirarla hasta alcanzar la luz del sol.
Comienza entonces el ascenso en un paisaje de tensión absoluta. Los silencios se cargan de angustia, los pasos se vuelven música contenida. Eurídice sigue a Orfeo en silencio, invisible para él, quien respira con una ansiedad creciente. La duda lo devora, teme que el dios lo haya engañado, que detrás de él no haya más que un eco vacío. Finalmente, no soporta más y se vuelve. Eurídice está allí, viva… por un instante inconmensurable. Al cruzar su mirada, ella se desvanece, arrastrada de nuevo al reino de las sombras. Orfeo prefiere renunciar al mundo de los vivos con tal de permanecer a su lado, pero los dioses le prohiben el sacrificio total.
Acto V
¿Todavía no sabes que aquí abajo no existe la alegría eterna?
En los campos de Tracia - Apolo consuela a Orfeo: De regreso en los campos, Orfeo es un hombre despojado. Su lira enmudece entre sus manos. El paisaje, antes luminoso, es ahora un reflejo sombrío de su interior. Los pastores murmuran su tragedia, las ninfas lloran su destino. En su desesperación, el canto de Orfeo se convierte en plegaria sin dirección, eco perdido en la nada.
Entonces, en un giro de compasión divina, desciende Apolo, su padre. Le recuerda que ningún mortal puede aspirar a una felicidad eterna en la tierra. Le ofrece entonces la posibilidad del consuelo: ascender al cielo y contemplar, desde la esfera de las estrellas, el reflejo de Eurídice. Orfeo acepta. Su ascenso final, en una música serena y luminosa, cierra el ciclo. El dolor se transforma en redención. Ya no hay tragedia, sino transfiguración. Orfeo se convierte en constelación; su canto, en la materia misma del firmamento. Así termina la fábula, no con la muerte del héroe, sino con la apoteosis de la Música —esa fuerza capaz de reconciliar los contrarios, de unir la pasión y la razón, la vida y la muerte, el sonido y el silencio.
15 de octubre, 2025
7:00 p.m.
Auditorio Fundadores, Universidad Eafit
16 de octubre, 2025
7:00 p.m.
Patio Teatro, Claustro Comfama
18 de noviembre, 2025
8:00 p.m.
Teatro Julio Mario Santo Domingo